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Según mis padres, esto empezó mucho antes de que yo lo recuerde. Cuentan que en infantil llegaba a casa muchos días con un juguete nuevo: en el cole me dedicaba a intercambiar cosas —cromos de fútbol, juguetes que ya no quería, piedras, lo que fuera— por juguetes que me hacían ilusión. Visto con perspectiva, ya era una forma de vender: daba valor a cosas que ya no quería para conseguir otras que sí.

Años después, en primero o segundo de primaria, pasó algo parecido pero a mayor escala. En clase, la profesora nos daba unas monedas de cartón por hacer las cosas bien o acertar preguntas, y de vez en cuando montábamos un mercadillo donde cada niño traía un juguete de casa que podíamos comprar con esas monedas. Había algunos juguetes que yo quería tener sí o sí, así que le pedí a mi abuelo que me enseñara a hacer aviones de papel, como esos que solo sabían hacer los mayores, de los que vuelan lejos de verdad, y empecé a hacerlos en los recreos y vendérselos a mis compañeros. Tuvieron tanto éxito que se formaba cola para comprarlos. La demanda creció tanto que tuve que meter a mi amigo Jaime en el «negocio», él fue mi primer empleado jeje: entre los dos fabricábamos aviones en el recreo que luego vendíamos a los demás niños de clase a cambio de las monedas de cartón.

Alex de pequeño en el colegio con sus compañeros de clase
Soy yo, el de la camiseta de Texas, a la izquierda.

El día del mercadillo, teniendo en cuenta todos los aviones que había vendido, yo tenía bastantes más monedas que el resto de la clase, así que pude comprar casi todos los juguetes que me gustaban. Fue una pasada.

Es solo una anécdota de un niño de ocho años vendiendo aviones de papel, pero ya deja ver por dónde van los tiros: me ha gustado vender, lo que sea y a quien sea, desde siempre.

Un pueblo de 2.000 habitantes

Nací en 2004 en un pueblo pequeño de Valencia, de esos donde todo el mundo se conoce. A los 18 años, mientras estudiaba por las mañanas un grado superior de Comercio Internacional, empecé a dar clases de inglés por las tardes. No fue un plan maestro: necesitaba ingresos y sabía mucho más inglés que la mayoría de personas de la zona, gracias a mi padre, que me hablaba en inglés desde que nací, y a que estuve viviendo en Estados Unidos un año. Estuve dos años dando clases —llegué a tener más de 30 alumnos fijos— y me enseñaron más de lo que esperaba: a gestionar clientes, a organizar mi tiempo, a manejar presión, a ser constante incluso cuando no apetece. Todo el dinero que gané lo ahorré.

Alex de niño frente a un autobús escolar en Texas, Estados Unidos
Aquel año viviendo en Estados Unidos me dio la base de inglés que después usaría para dar clases en mi pueblo.
Alex dando clases de inglés, explicando verbos irregulares en la pizarra
Dando clase de inglés a los 18 años, mientras estudiaba por las mañanas.

Vanalo: cuando la teoría se estrelló contra la realidad (para bien)

En 2024, junto con mi pareja, decidimos montar Vanalo, una marca de joyas. Pasamos meses aprendiendo desde cero: cómo vender, cómo comunicar, cómo crear contenido, cómo montar una tienda online en Shopify. Lanzamos en junio de 2024 y lo que pasó después no estaba en ningún plan.

Todos los libros que había leído hablaban de años de esfuerzo silencioso antes de ver resultados. Yo facturé 10.000 euros la primera semana. Tenía 19 años y venía de cero.

Patri en un evento de Vanalo, con la marca proyectada en pantalla
Vanalo llegó a tener sus propios eventos de marca. Nada de esto estaba en el plan inicial.

Durante un tiempo pensé que ya lo había entendido todo. La gente nos compraba a diario, nos reconocía por la calle —en Valencia, pero también en Madrid, en Cataluña, en Alicante—, sin haber invertido nunca en publicidad. Ni un solo anuncio de pago. Todo era contenido orgánico en redes sociales.

Y ahí empecé a hacerme una pregunta que cambiaría todo: ¿por qué nos compraban a nosotros, si al final vendíamos lo mismo que decenas de tiendas más —collares y pulseras de acero inoxidable que venían de China?

El descubrimiento: no vendíamos joyas, vendíamos una marca

Le di muchas vueltas. La respuesta no estaba en el producto, estaba en cómo lo contábamos. Habíamos construido una marca con identidad propia, con una historia, y sabíamos comunicarla en redes sociales de forma que conectaba con la persona correcta. Ese es el verdadero motor de venta: no el producto, sino la marca y cómo la comunicas.

Pedidos de Vanalo listos para enviar sobre una mesa de billar
Cada uno de estos paquetes era un pedido real. Con pocos recursos, pero mucha marca detrás.

Con pocos recursos y ninguna experiencia previa en marketing, crecimos más de 25.000 seguidores en dos meses solo publicando buenos vídeos. Fue entonces cuando entendí el potencial real de las redes sociales como canal de venta, no como escaparate bonito.

De vender joyas a vender lo que de verdad se me da bien

Cuanto más entendía por qué funcionaba Vanalo, más claro tenía algo: lo que de verdad me apasiona no son las joyas, los aviones ni ningún producto en concreto. Es vender. Siempre lo ha sido, aunque tardé años en verlo con esta claridad —desde aquel mercadillo con aviones de papel hasta las clases de inglés, pasando por Vanalo.

En 2025 di el paso que más miedo y más ilusión me ha dado: mudarme a Andorra con mi pareja, Patri, que ahora trabaja conmigo, y dejarlo todo atrás para apostar en serio por esto. En 2026 nació Xatet Agency, después de un largo y duro camino en un nuevo país, solos, lejos de nuestra zona de confort.

Habitación llena de cajas y ropa durante la mudanza a Andorra
Haciendo las maletas para mudarnos a Andorra. Dejarlo todo atrás fue lo más difícil y lo mejor que hicimos.

Por qué Xatet Agency

Hoy dirijo una agencia de marketing especializada en vender a través de redes sociales, con un equipo especializado en IA, automatizaciones, web, diseño, SEO, fotografía, vídeo, sistemas de venta y todo lo que tenga que ver con marketing, publicidad y vender online. Pero la idea de fondo sigue siendo la misma que aprendí con Vanalo: una marca bien comunicada en redes sociales puede vender más que cualquier campaña de publicidad tradicional.

Alex en la oficina de Xatet Agency
Así es la oficina de Xatet Agency hoy. De los aviones de papel a esto.

Por cierto, si te preguntas de dónde viene el nombre Xatet: así es como me llama mi abuelo, de forma cariñosa. Xatet. Decidí nombrar mi agencia así, en honor a él, ya que en parte me siento identificado con lo que él tuvo que pasar hace ya muchos años, cuando como yo decidió emprender y montar su propia empresa. Supongo que lo llevaré en la sangre jeje.

Sigo siendo el mismo que fabricaba aviones de papel con su mejor amigo. Solo que ahora, en Xatet Agency, ayudamos a marcas a encontrar y comunicar el valor real que tienen, para que la gente quiera comprarles a ellas y no a la competencia.

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